Sonata en un segundo-Sonata segundu batean (2004)

Estrenaldia: 2004ko Urtarrilak 11. Durangoko  Santa Ana antzokian.

Produkzioa: TARTEAN

Antzezleak: Inaxio Tolosa, Jose Kruz Gurrutxaga, Patxo Telleria

Zuzendaritza: Aitor Mazo

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Michael Tournierren ipuin batetik abiatuta, Juan Sebastian Bach-ekiko miresmenak bultzatua, drama tragikomiko musikal hau burutu nuen.  Testuak ez du ematen, ezin du eman, antzezlanaren irudi zuzenik. Musika baitzen ikuskizunari arima ematen ziona.  Aktore musikariak hautatu genituen lan honetarako. Inaxio Tolosak piano, saxoa, klarinete eta flauta, Joxe Kruz Gurrutxagak baxua, eta nik pianoa jotzen nuen.

Antzezlan honek ez zuen izan guk espero genuen erantzuna.   Sormen artistikoaren arloan ezinezkoa da lan baten erantzuna aurreikustea.  Ahula, hauskorra, menderaezina da ikuslearen sentikortasuna hunkitzeko ahalmena.   Zoritxarrez… eta zorionez.  Hori da ofizio honen katea eta xarma.  Batzuetan uste osoa duzu produktu batean, eta oharkabean pasatzen da; bestetan, atentzio handirik jarri gabeko lan batek, ezusteko sona lortzen du. Bakan batzuetan aldez aurreko susmo onak edo txarrak konfirmatzen dira.  Sonataren kasuan, gure uste ona ez zen erabat konfirmatu.

Este espectáculo surgió a raíz de un relato breve de Michael Tournier sobre la carrera frustrada de un pianista.

El primer impulso de hacer algo partiendo de esa idea habría caído en saco roto, si no se hubiese cruzado de por medio la idea de usar la música de J.S. Bach en una obra teatral.

Esos dos impulsos me lanzaron a escribir. El libreto del texto no representa más que un somero acercamiento a la historia, imposible de captar en su totalidad sin el concurso de la música.

No soy melómano, pero en lo que me alcanza, siento una admiración hacia Bach por encima de cualquier otro compositor. Por muchas razones. Por la inmensidad oceánica de su producción; por su indefinible creatividad; porque su música (¡considerada anticuada en su época!) no ha sufrido el paso del tiempo; también, y no en último lugar, por la propia personalidad de Bach, último de los representantes de una época en la que el de músico era un oficio más. Bach trabajó siempre a destajo, al servicio de un señor (fuese Obispo, Párroco, Conde…), tratado con la misma (falta de) consideración que cualquier otro artesano, carpintero, o zapatero…  No sé cuánto de esa condición se explica por el propio carácter de Bach y cuánto es consecuencia de la época en que vivió. El caso es que Bach está en las antípodas del artista endiosado, del que proyecta su ego como la parte más visible de su creación.

Para este espectáculo volvimos a contar con Inaxio Tolosa. Jose Kruz Gurrutxaga y yo mismo completamos el trío. Inaxio tocaba vientos. Jose Kruz el bajo. Yo piano. Todas las piezas musicales, que tocábamos en directo, eran temas de Bach. La dirección corrió a cargo, una vez más, de Aitor Mazo, que también ideó la escenografía.

Tuvo, a decir verdad, un recorrido discreto. Esperábamos más, pero por las razones que fuesen, los programadores confiaron relativamente en el proyecto. No fue un fracaso, pero tampoco libamos las flores del éxito.

Un elemento central de la escenografía era el piano, diseñado por Aitor. Cuando el espectáculo terminó su gira, reutilicé buena parte de la escenografía (construida en madera) para la reconstrucción de un caserío. El piano nos daba pena desguazarlo, y lo guardamos en la vieja cuadra del caserón.

Cada año, aprovechábamos la hoguera de San Juan para quemar trastos viejos, y cada año se planteaba la cuestión de convertir ese trasto inútil en ceniza, y aunque algunos nos resistíamos, parecía evidente que el pobre piano no tendría mejor final que el de algunas brujas de Zugarramurdi.

Ese habría sido su destino si a un buen amigo no se le hubiese ocurrido la peregrina idea de colocarlo en la campa, pintado de rojo. La ocurrencia parecía absurda y kitsch, pero por otro lado, indultábamos al pobre piano. Así que lo hicimos.

Lo que son las cosas, con el tiempo, ese rincón ha adquirido una personalidad y un encanto que jamás habríamos sospechado.

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