Soinujolearen semea – El hijo del acordeonista (2012)

Estrenaldia: 2012ko Urriak 18, Arriaga Antzokian

Egilea idazlea: Bernardo Atxaga
Antzerkirako egokitzailea: Patxo Telleria
Musika: Iñaki Salvador
Eszenografia: José Ibarrola
Argiztapena: Xabier Lozano
Imagina: David Bernués Jantziak: Ana Turrillas
Antzezleak:
David: (umea) Mattin Apaolaza, (gaztea) Aitor Beltran, (heldua) Joseba Apaolaza
Joseba: (umea) Mikel Telleria, (gaztea) Iñaki Rikarte, (heldua) Patxo Telleria
Agustin: Mikel Losada
Teresa: Amancay Gaztañaga
Lubis: Asier Hernández
Angel: David Pinilla
Mary Ann: (Joven) Vito Rogado, (Adulta) Anke Beate Moll
Carmen: Mireia Gabilondo
Acordeonista: Iñaki Salvador
Zuzendaria: Fernando Bernués

David hilzorian dago Californian, eta Joseba, txikitako laguna, azken agurra ematera joan da.  Biak ETAko kideak izan ziren, Frankoren Diktaduraren azken urteetan.  Davidek bere herritik alde egin behar izan zuen, bere kideek arbuiaturik. Orain, aspaldiko lagun hauek egiari aurre egin beharko diote, azken topaketa honetan.

David se esta muriendo en California,  y Joseba, amigo de la infancia, acude a despedirse de él. Los dos  habían militado en ETA durante los últimos años de la dictadura franquista.  David tuvo que huir de su pueblo, repudiado por los suyos. Ahora, los dos viejos amigos han de enfrentarse a la verdad en este encuentro final.

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“El Hijo del Acordeonista” es fruto de la tozudez de Fernando Bernués.

Cuando me comentó por primera vez la posibilidad de llevar la novela de Atxaga al teatro, me pareció un deseo difícilmente realizable.

Desde hacía ya muchos años, ningún teatrero con dos dedos de frente soñaba con espectáculos de gran formato. Los tiempos en los que cualquier compañía independiente se atrevía con proyectos de más de seis actores eran casi una leyenda olvidada. Una obra con cuatro actores se consideraba ya de gran formato, arriesgada económicamente y de difícil amortización.

El Hijo del Acordeonista necesitaba mucho más, muchísimo más que eso. Por eso, cuando rescaté la novela de Atxaga de mi biblioteca para releerla con ojos de dramaturgo, lo hice con la sensación de que ese barco jamás llegaría a ningún puerto.

Se me había olvidado que Bernués, aunque nacido en Donostia, remontaba sus orígenes a la Ribera navarra, en la zona fronteriza con Aragón. Y yo, que tengo a gala no creer en tópicos, tengo que reconocer que a veces, haberlos, haylos.

Digo esto porque aún no me explico cómo pudo convencer a los teatros de las tres capitales de la comunidad vasca, Arriaga de Bilbao, Victoria Eugenia de Donostia y Principal de Vitoria para ponerse de acuerdo en co-financiar este proyecto teatral. Cabe recordar que en aquel tiempo, cada una de las capitales estaba regida por un partido político distinto.

Cuando vi que la cosa iba en serio, supe que por fin debía tomarme yo también en serio la adaptación de la novela. No las tenía todas conmigo, ni mucho menos. Había visto no hacía mucho la adaptación al cine de Obabakoak, por Montxo Armendariz, que me dejó un tanto frío. Y creí detectar algunas de las causas de esa sensación. Pensé que la estructura narrativa de Obabakoak, perfectamente asimilable en el formato de novela, no lo es tanto en formato de ficción audiovisual. Podría alargarme mucho en disquisiciones teóricas sobre dramaturgia, pero por decirlo de una manera sencilla y rápida, la atomización de la narrativa de Obabakoak jugaba en contra, a la hora de estructurar un guion cinematográfico.

“El Hijo del Acordeonista”, trufado de relatos cruzados, de saltos temporales, de voces narrativas diferentes , de digresiones, tiene un conflicto central del que decidí partir para construir el texto. No pretendo decir que la existencia de un conflicto (uno sólo, además) sea condición sine qua non, ni mucho menos. Existen muchas formas de abordar una dramaturgia, con estructuras sólidas, menos sólidas, o incluso con absoluta ausencia de estructura. El caso es que la novela de Atxaga contaba una historia dos amigos con una traición de por medio. Y ese núcleo central me sirvió como brújula para no perderme en el largo camino de adaptación.

Esa adaptación consistía, en primer lugar, en un trabajo de eliminación. Tenía que reducir el material narrativo de la novela a una décima parte, más o menos. Era algo así como convertir un autobús en una bicicleta. Había que descartar ( a veces dolorosamente) personajes, situaciones, épocas… Había que eliminar subtramas, había incluso que dejar de lado en muchos momentos algunos de los elementos más significativos de la propia novela, como por ejemplo la fascinación del protagonista por ese Obaba de su infancia y primera juventud, por esa naturaleza y esa cultura que iban a desaparecer pronto. Más de la mitad de la novela transcurre en esa época, esas geografías. En la adaptación teatral tenía una presencia mucho menor. Y al contrario, el conflicto, el hilo narrativo al que he hecho alusión, tiene en la novela una dimensión mucho menor, diríase que está casi escondido, semienterrado.

La novela tiene, una libertad de la que carece el teatro. Incluso el más desestructurado. Hay un elemento que diferencia los dos tipos de narración de manera contundente: el tiempo. Una novela se puede leer en varias horas, si se lee del tirón, en varios días, en semanas o incluso en meses, si uno está demasiado ocupado, se puede dejar de lado una temporada, para comenzar una lectura diferente, y retomarla más adelante…

El teatro tiene una medida única e igual para todos. Esto es una limitación (el dramaturgo sabe que sólo dispone de, pongamos, hora y media para desarrollar toda su historia) pero a la vez es una herramienta muy útil: sabemos exactamente en qué momento va a vivir el espectador cada una de las situaciones que le planteamos. Tenemos el poder del control sobre el tiempo, o lo que es lo mismo, sobre el arco emocional por el que queremos que discurra el espectador.

El trabajo de adaptación de “El Hijo del Acordeonista” fue arduo y costoso, pero también gratificante. No lo hice en solitario. Conté en todo momento con la complicidad, la mirada, la ayuda del propio Fernando Bernués.

Además de adaptador, también fui actor en esta producción. Tengo un gran recuerdo de aquella gira, que fue más larga de lo que en principio se podía sospechar, teniendo en cuenta la magnitud del montaje, con un presupuesto difícil de asumir por muchos teatros.

En el elenco había dos niños, Mattin y Mikel, hijo de Joseba Apaolaza el primero, hijo mío el segundo. Sus personajes eran los nuestros, eran “David” y “Joseba” de niños (a mitad de camino estaban Aitor Beltrán e Iñaki Rikarte, para la época de adolescencia-juventud). Cuando empezó la gira, nuestros hijos tenían la edad perfecta. En las últimas actuaciones, en el Lliure, había que forzar un poco más la imaginación para tomar por niños a esos dos mocetones, más altos ya que muchos de los actores adultos del elenco.

En aquella gira mi hijo conoció gente fascinante (lo eran para él todos y cada uno de los miembros del equipo), actuó en los principales teatros del país, vivió en Madrid, en Barcelona…. Creo que nunca le he hecho mejor regalo.

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