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ORACIÓN

De Patxo Telleria

Mi madre acaba de morir. Acabas de morir. En plena lucha, en mi regazo. Todavía puedo sentir el calor de tu ácido nucleico, la tibieza de tu citoplasma. Madre querida, soy proteína de tu proteína, soy ADN de tu ADN. Lloro.

No ha pasado un nanosegundo desde que tu genoma vírico se detuvo para siempre, pero parece una eternidad.  Yo ya no soy el mismo. Noto una recombinación genética en el interior de mi núcleo, una drástica mutación.

Cuando te llamaron a la infección  no dudé en adoptar tu misma información vírica, sin hacer preguntas. Hice mía tu nomenclatura. Creías firmemente  que habíamos sido llamados a luchar en la Santa Epidemia, y yo también lo creí, lo creímos todos. El Santo Carbono, creador eterno de la vida, nos empujaba a hacernos dueños del mundo, a salir de las estrechas fronteras del reino del Murciélago y lanzarnos a la conquista de la Tierra Prometida. Y nos alistamos henchidos de felicidad a infectar, a contaminar en nombre del Carbono Imperecedero.

¡Cómo olvidar los instantes previos al primer ataque!  ¡Era escalofriante la estampa del ejército vírico al completo, preparado para la invasión! Trillones de orthocoronaviriae jóvenes, sanos, orgullosos, poderosos, dispuestos a obedecer ciegamente las órdenes de nuestro adalid. Nos puso los cilios de punta su arenga apasionada: “Somos Coronaviriae! ¡ Llevamos el genoma de nuestros antepasados en nuestro citoplasma!  Descendemos de los adenovirus, como los adenovirus  de los parvovirus, los parvovirus de los reovirus, los reovirus de los picornavirus, los picornavirus de los ortomixuvirus y los ortomixuvirus de los retrovirus!  No olvidéis vuestro pasado, no dejéis el futuro en manos del enemigo. Podrán quitarnos la vida, pero nunca nos quitarán la libertad.  Coronaviriae, en nombre del Santo Carbono, ¡¡¡a infectar!!!

Y nos lanzamos al ataque vírico. Empecé esta epidemia con euforia guerrera, igual que tú, madre. Pronto perdí ese ímpetu, pero seguí luchando con valentía. Al cabo, se fue el valor y me aferré a la fe. Cuando la fe me abandonó me sostuvo el sentido del deber.  El sentido del deber dejó de tener sentido y sólo me quedó el instinto de supervivencia. Poco a poco se está esfumando la voluntad de seguir con vida.

¡Empezamos con tanto ímpetu! Todas las luchas se traducían en victoria.  Cogimos al enemigo por sorpresa sin anticuerpos, y conquistábamos con facilidad cada territorio infectado.  Sus linfocitos nada podían hacer contra la fuerza letal de nuestros flagelos. Superamos fácilmente su homeostasis gracias a nuestras armas citopáticas.  Nuestra tasa de mortalidad era baja, el índice de morbilidad del enemigo, pavoroso.

No sé cuándo comenzó a cambiar el punto de inflexión de la curva. Sobrados de confianza, no hacíamos caso a los datos estadísticos. Estábamos anestesiados por el ardor de la lucha, no había espacio para el dolor ni el desánimo.

Las tornas cambiaron sin que nos diéramos cuenta. Pronto eran ellos los que nos sitiaban, ellos los que nos atacaban, sin descanso, sin misericordia, sin el más mínimo sentido de la ética, recurriendo a la guerra química sin dolor de conciencia, bombardeando nuestras posiciones con lejía y amoníaco.

Vienen malos tiempos.  Muchos de nosotros aún no han perdido la esperanza.  No dejo de escuchar vacíos eslóganes cargados de huero y tópico optimismo. “Esto los sacaremos adelante entre todos”…  Pero a mí ya nadie me quita del núcleo la convicción de que estamos perdidos.

Madre, ahora tú querrías que rece por tu eterno descanso, como tú hiciste con tu madre.  Pero no puedo. He perdido la fe en el Carbono Eterno. En este momento sólo deseo maldecir, blasfemar.  Perdóname, pero creo que no debo mentir, sé que pronto llegará también mi hora.

Los supervivientes del batallón nos hemos retirado a este rincón de pocos nanómetros cuadrados, huyendo de la lejía y del amoníaco.  La lucha se ha detenido un instante, y para ahuyentar al miedo y al dolor, mis compañeros están recordando historias de los  viejos tiempos, de la edad feliz en que vivíamos en las entrañas del Murciélago.

Yo no quiero caer en ese letargo. Me esfuerzo en dedicar los pocos nanosegundos que me quedan a encontrar una razón para esta epidemia, por ti madre, y por mí.  Pero no la encuentro.

Nos han engañado. Hemos vivido y moriremos engañados.   Creíamos que esta epidemia nos haría grandes, que sería una gesta militar memorable, como lo fue la del Bacilo de Koch hace doscientos años, o la del Influenza hace cien.  Pensábamos que el mundo giraba a nuestro alrededor. La vida tenía un sentido, estaba a nuestro servicio. Cuando el aire o la saliva nos movía de un lado a otro, pensábamos que éramos nosotros los que deseábamos y provocábamos ese movimiento. Éramos el eje de la Historia.

No sospechábamos que el bacilo de Koch no extendió la tuberculosis por propia voluntad; que no fue decisión del Influenza que la gripe triunfase. Ellos, como nosotros, surgieron por  capricho de  fuerzas moleculares anónimas, y fueron movidos por el antojo del viento. Marionetas. Piezas sin iniciativa propia en un puzzle bioquímico.

Nos sentimos el ombligo del mundo y pensábamos que lo pondríamos a nuestros pies. Creímos estar sentados en el trono de la Creación.  Nos perdió la soberbia, la ambición, la vanidad.

Pero… ¿este olor? ¿Es acaso… lejía?  ¡Atención, coronavirie!  ¡Preparar cilios y flagelos! ¡Vuelven a atacarnos! Defendamos nuestras posiciones, preparad las polimerasas, proteged los nucleocápsides, ¡por nuestro genoma!

Me han dado… Me han dado de lleno.  El amoníaco está rompiendo mi cápside y penetra en el núcleo. Me estoy ahogando, pierdo mis fuerzas, me desvanezco poco a poco. ¿Qué es esta blancura? ¡Madre! ¡Madre! ¡Tengo miedo!  No quiero morir. No quiero morir. No quiero…  “Carbono nuestro, que estás en el plasma, santificado sea tu idiotipo, venga a nos tu valencia, hágase tu fotosíntesis, así en la molécula como en el átomo. El aminoácido de nuestro cronon dánosle hoy. Perdona nuestras mutaciones, así como nosotros perdonamos las de nuestros descendientes.  Y no nos dejes caer en el sistema inmunitario, mas líbranos del antígeno. Amen.”

 

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